Almudena Grandes: "Quería ser escritora, no famosa”
La autora española reflexiona sobre su primera novela “Las edades de Lulú”, el éxito y la memoria
El próximo año el libro Las edades de Lulú (1989), de Almudena Grandes, cumplirá treinta años. Desde que ganó el premio de novela erótica La Sonrisa Vertical y con apenas veinte ocho años, la vida de la escritora española cambió drásticamente: con su debut literario conoció la fama y el reconocimiento de forma arrolladora. La historia de su primer manuscrito fue adaptada al cine en 1990 por Juan José Bigas Luna, alcanzó ventas extraordinarias y fue traducida a más de veinte idiomas. Por un momento, Lulú fue más grande que su autora; al contrario de lo que todo el mundo podía creer, Lulú enfrentó a Grandes a sus inseguridades como escritora, y ante las etiquetas, al miedo a decidir: ¿ser escritora o ser famosa? Para fortuna de sus lectores, Grandes apostó por el oficio, consolidando su voz en la escena de la literatura hispanoamericana, cambiando a su antojo de etiquetas y abriendo paso a una nueva generación de escritoras en su país, teniendo siempre como brújula a Benito Pérez Galdós. Una pluma comprometida con la libertad que le dan sus lectores y también con la historia de su generación y de España.
-¿Cómo observa hoy lo que fue el fenómeno de Las edades de Lulú? ¿Ha cambiado su visión sobre el éxito?
-Para mí fue un libro que me regaló la vida que yo quería vivir y estuvo también a punto de acabar conmigo. Cuando la presenté al premio no había escrito nada de literatura, trabajaba como escritora por encargo. El éxito fue tan descomunal que estuve a punto de volverme loca, en aquel momento estaba muy mal económicamente, con una hipoteca que no podía pagar, y de repente el libro no solo gana el premio, a los diez días lo habían vendido a Alemania, también habían vendido los derechos para el cine, empezaron a venir más traducciones, me convertí de repente en alguien muy famoso. Tuve que parar, pensar si yo quería ser famosa o si quería ser escritora. Y lo decidí: quería ser escritora. Es así que la literatura me salvó la vida por primera vez. Y bueno cuando todo el mundo esperaba que me convirtiera en una especie de icono erótico eterno, escribí otra novela muy distinta, hubo gente que se sintió muy decepcionada, pero otra se dio cuenta que yo iba en serio.
“Ahora, ¿qué es el éxito para mí? Soy una escritora muy afortunada, tengo unos lectores muy fieles. Siempre he dicho que los lectores son mi libertad, mientras ellos me sostengan yo escribiré lo que crea que debo escribir. Para mí el éxito ahora, hoy, es eso, escribir lo que quiero escribir”, agrega.
-Alguna vez dijo: “No quiero ser toda la vida Lulú”.
-Es así, llegó un momento en que esa novela creció tanto que yo más que sentirme la madre de Lulú, me sentía su hija. La novela era más grande que yo. Quería desprenderme de eso. Cosa que conseguí con Malena… Durante muchos años he dicho que las novelas impares son mis favoritas porque me han cambiado las etiquetas: Las edades de Lulú me convirtió en una escritora erótica; Malena es un nombre de tango, en una escritora femenina; Los aires difíciles, en una escritora decimonónica; El corazón helado, en una escritora de la memoria. He ido cambiando de etiquetas y eso siempre es bueno. Yo le sigo teniendo mucho cariño a Las edades de Lulú, estoy en deuda con ese libro, tampoco me avergüenza ni me arrepiento de hablar de él.
-Acaba de recibir el Premio Liber 2018 al autor hispanoamericano más destacado. El jurado destacó que su obra se ha centrado en la mujer y en la historia reciente de España.
-Eso tiene que ver mucho con mi literatura. En mi carrera hay un punto de inflexión que se dio con Los aires difíciles, es como una bisagra por la que se puede doblar mi obra por la mitad. Al principio escribí una literatura muy testimonial, me dediqué a explorar los conflictos de identidad de las mujeres de mi generación en mi ciudad y en mi país. Cuando Franco murió yo tenía quince años, entonces fui una adolescente en una ciudad y en un país que también eran adolescentes. Luego hay otro tema constante que es la memoria, que está presente desde mi primera novela pero en El corazón helado se hace más explícita y se convierte en el eje de la otra etapa de mi obra. Es verdad que ahora estoy trabajando en una serie de seis novelas sobre los primeros veinte cinco años de la dictadura de Franco –Episodios de una guerra interminable–, contados desde el punto de vista de los resistentes, de los españoles que dijeron no y decidieron luchar cada uno con sus armas. La construcción de la memoria histórica que ponga el énfasis en los valores democráticos y que reivindique el espíritu de la república es algo muy importante para mí como escritora, pero también es el gran tema de los escritores de mi generación.
“Después de la guerra en las casas no se hablaba. La generación de mis padres se educó en el silencio, contar era peligroso, es mejor olvidar, así que ellos aplicaron la misma regla. Una dictadura que dura cuarenta años y que se asienta sobre muchos muertos –se calcula que el régimen franquista asesinó a 150.000 personas– moldea las conciencias, moldea los cerebros, la imagen del mundo, de un país entero y ese efecto no se puede olvidar por el procedimiento de no mirar hacia allí, que es lo que intentaron hacer en la transición cuya consigna fue “para progresar hay que olvidar”. Yo trato de contar no solo lo que pasó, también cómo se procesó. Estoy escribiendo esta serie porque me di cuenta que los españoles vivimos encima de una mina de oro, que debajo de nuestro pies hay un tesoro enorme de héroes, de villanos, de historias increíbles, de aventuras, que no se ha contado. Ha llegado el momento que las cosas se sepan y romper un poco el dictamen del silencio.
-¿Y qué significó para usted crecer en la dictadura de Franco?
-Yo recibí una educación de postguerra. En mi infancia los niños aprendían unas asignaturas y las niñas otras, los niños llegaban hasta Marx y las niñas nos quedamos en Descartes. No era solo que hubiera asignaturas distintas, también los enfoques eran distintos. A mí me educaron para vivir en un país que cuando ya era adulta había dejado de existir, entonces todo lo que me enseñaron no me sirvió de nada. Soy de una generación en donde todos, especialmente las mujeres, tuvimos que improvisar porque no teníamos modelos. Recuerdo mucho el Madrid de mi infancia, recuerdo el gris abrumador, esas imágenes del parlamento español sin una sola mujer y con todos los señores de traje y corbata. Me acuerdo de un país muy clasista, de un país donde había mucha pobreza.
-De hecho, la pobreza es retratada en una de sus novelas con la imagen de “besar el pan”.
-Sí. Mis tías abuelas me enseñaron a besar el pan. Sin embargo, era un país que tenía en su pobreza una dignidad que ahora se ha perdido. La España de la dictadura era también un país que tenía una sociedad civil muy fuerte, había asociaciones de vecinos, de mujeres, además la resistencia y las protestas eran constantes y muy sólidas. La democracia ha hecho mucho por mi país. La democracia es una bendición, a pesar de sus fallas y deficiencias.
-Usted reflexiona mucho sobre la memoria, ¿cómo ve la muerte?
-No me gusta. No pienso demasiado en ello. No es un tema que a mí me obsesione.
-Se sabe que su palabra favorita es “alegría” pero, ¿cuál eliminaría de su diccionario?
-“Racismo”, es una palabra que me pone enferma.
-Y finalmente, ¿cómo es la ventana por donde mira Almudena Grandes?
-Mientras escribió miro mi barrio. Esa ventana real se parece bastante a mi ventana literaria porque yo siempre parto de lo que conozco, siempre escribo sobre mi ciudad y sobre mi país. Es una ventana muy próxima.
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