Espacio sin límite
Espacio sin límite la escribí con un arrobo difícil de explicar, porque implica una mezcla de sensaciones tan estremecedora, que podría decir acá que una voz interior (ajena a mi conciencia) me la dictó al oído
Cada obra trae consigo un cúmulo de anécdotas que no conocen los lectores, y que forma parte de la historia de cada autor. Es mucho lo que dejamos en cada obra: emociones, neuronas, tiempo, piel y esperanzas. Como lo adelanté en mi artículo anterior, les hablaré de mi primer libro publicado que lleva por título el de la columna de hoy. Son tantas las historias que encierra, que un artículo no basta para contarles los hilos que entretejen a la obra. Procuraré echar mano de mi capacidad de síntesis. En realidad esta obra no fue la primera novela que escribí, sino que hubo otra titulada La bendición final, que comencé a escribir siendo muy, pero muy joven. Sin embargo, no cuajó en su momento y tuvo que esperar más de treinta años para ser concluida (pude terminarla a finales de 2021, pero sigue inédita).
Espacio sin límite la escribí con un arrobo difícil de explicar, porque implica una mezcla de sensaciones tan estremecedora, que podría decir acá que una voz interior (ajena a mi conciencia) me la dictó al oído. Fueron muchos meses escribiendo y hubo momentos (lo juro por lo más sagrado) que me encontraba en un verdadero trance. Tanto así, que una tarde mi esposa entró alarmada a la biblioteca en donde me hallaba encerrado escribiendo, para ver por qué me reía a carcajadas. Preocupada (me imagino que pensó que me estaba volviendo loco) me interrogó: ¿de qué te ríes?, y mi respuesta fue una solemne bufonada: “de las vainas de Ramiro Valbuena”. Sí, como lo están leyendo. Me reía a carcajadas de las tonterías que decía el personaje principal de la trama que yo mismo creaba entonces, como si aquello fuera ajeno a mi persona; como si se tratara de un algo de lo que yo nada tuviera que ver. Hoy recuerdo el episodio, y créanme que me sorprendo, aunque no debería: porque en ese mismo estado (inaudito y etéreo) he escrito casi toda mi obra.
En estos días estuve revisando la novela porque una lectora me la solicitó porque desea leerla, y pude sopesar en toda su dimensión ontológica y literaria el carácter social de la trama. Los personajes son seres provenientes de los más bajos estratos, cuyas vidas sufren a cada instante los vaivenes de un país complejo, en el que un grueso de la población debe luchar a brazo partido con las más bajas pasiones, con la delincuencia y la injusticia social para poder sobrevivir y salir adelante. Cuando recreé a los dos personajes centrales (Ramiro Valbuena y Pantaleón Zapata), que se ganan la vida como buhoneros en el Bulevar de Sabana Grande en Caracas, me los imaginé justamente frente a la hoy extinta librería Suma, que era mi punto de encuentro cada vez que iba a la capital (con elevada frecuencia, por cierto), y que representó todo un ícono en la Caracas de la época dorada.
La novela salió en 1995 por el Consejo de Publicaciones de la ULA y el CDCHT, y varios años después me sucedió algo que ustedes no van a creer. Me hallaba en la librería Suma de compras a eso de las 5 de la tarde y, justamente en el momento cuando salgo, me percato de que en el quiosco de los buhoneros que estaba apostado frente a ella, estaba mi novela Espacio sin límite exhibida en una posición privilegiada: era imposible no toparse con ella al salir. No me infarté de milagro. Estaba exhibida allí sin ser ya una novedad literaria, y en el sitio preciso en donde yo recreé a los personajes mucho tiempo atrás. Por supuesto, me acerqué y hablé con los señores del quiosco, me hice tomar una fotografía que mostrara aquella evidencia casi metafísica, y me fui del lugar con la absoluta certeza de que nada es gratuito, que nos atan hilos sutiles, que somos piezas de un inaudito ajedrez que vapulea nuestras vidas a su antojo.
La novela tuvo críticas en la prensa regional y nacional (todas magníficas) y recién salido uno de aquellos textos laudatorios un supuesto “amigo” se me acercó y con cara de circunstancias (con la ceja levantada) y voz engolada me dijo: “no vayas a creer nada de lo que han dicho de ti y de tu novela en el artículo de hoy”. No sé en realidad por qué lo hizo, pero logró algo que me dolió e impactó: rompió mi dulce hechizo, trituró e hizo añicos mis sueños. Tardé en reponerme. No tenía en aquel entonces la piel de cocodrilo que hoy me protege de las asechanzas. Hoy todo me resbala. He llegado al colmo de la sinvergüenzura de reírme de mí mismo.
Un día un colega profesor y poeta de la Facultad de Humanidades y Educación de la ULA me invitó de incógnito a su clase: en mesa redonda iban a analizar mi novela. Me fui con unos lentes de sol y como en el libro no aparece mi fotografía, nadie me reconocería. Me senté en el último puesto del salón y me llevé un libro para fingir. Los muchachos hicieron un maravilloso ejercicio de exégesis literaria. Ni decirlo: fue una crítica maravillosa, densa, limpia, fuera de argucias y de poses, sin prejuicios de nada; exenta de amiguismos y de compadrazgos. Una vez agotado el tiempo de esa suerte de hermenéutica, el profesor develó mi identidad. Guau, amigos, fue la apoteosis total. Los muchachos estaban hilarantes, sorprendidos, rojos (avergonzados de lo que habían dicho), pero fue un ejercicio impecable, del que aprendí mucho acerca de la teoría literaria, del que salí fortalecido y dispuesto a seguir en mi tránsito por los empinados caminos de un oficio hermoso, pero que exige más de lo que muchos están dispuestos a dar.
rigilo99@gmail.com
Espacio sin límite la escribí con un arrobo difícil de explicar, porque implica una mezcla de sensaciones tan estremecedora, que podría decir acá que una voz interior (ajena a mi conciencia) me la dictó al oído. Fueron muchos meses escribiendo y hubo momentos (lo juro por lo más sagrado) que me encontraba en un verdadero trance. Tanto así, que una tarde mi esposa entró alarmada a la biblioteca en donde me hallaba encerrado escribiendo, para ver por qué me reía a carcajadas. Preocupada (me imagino que pensó que me estaba volviendo loco) me interrogó: ¿de qué te ríes?, y mi respuesta fue una solemne bufonada: “de las vainas de Ramiro Valbuena”. Sí, como lo están leyendo. Me reía a carcajadas de las tonterías que decía el personaje principal de la trama que yo mismo creaba entonces, como si aquello fuera ajeno a mi persona; como si se tratara de un algo de lo que yo nada tuviera que ver. Hoy recuerdo el episodio, y créanme que me sorprendo, aunque no debería: porque en ese mismo estado (inaudito y etéreo) he escrito casi toda mi obra.
En estos días estuve revisando la novela porque una lectora me la solicitó porque desea leerla, y pude sopesar en toda su dimensión ontológica y literaria el carácter social de la trama. Los personajes son seres provenientes de los más bajos estratos, cuyas vidas sufren a cada instante los vaivenes de un país complejo, en el que un grueso de la población debe luchar a brazo partido con las más bajas pasiones, con la delincuencia y la injusticia social para poder sobrevivir y salir adelante. Cuando recreé a los dos personajes centrales (Ramiro Valbuena y Pantaleón Zapata), que se ganan la vida como buhoneros en el Bulevar de Sabana Grande en Caracas, me los imaginé justamente frente a la hoy extinta librería Suma, que era mi punto de encuentro cada vez que iba a la capital (con elevada frecuencia, por cierto), y que representó todo un ícono en la Caracas de la época dorada.
La novela salió en 1995 por el Consejo de Publicaciones de la ULA y el CDCHT, y varios años después me sucedió algo que ustedes no van a creer. Me hallaba en la librería Suma de compras a eso de las 5 de la tarde y, justamente en el momento cuando salgo, me percato de que en el quiosco de los buhoneros que estaba apostado frente a ella, estaba mi novela Espacio sin límite exhibida en una posición privilegiada: era imposible no toparse con ella al salir. No me infarté de milagro. Estaba exhibida allí sin ser ya una novedad literaria, y en el sitio preciso en donde yo recreé a los personajes mucho tiempo atrás. Por supuesto, me acerqué y hablé con los señores del quiosco, me hice tomar una fotografía que mostrara aquella evidencia casi metafísica, y me fui del lugar con la absoluta certeza de que nada es gratuito, que nos atan hilos sutiles, que somos piezas de un inaudito ajedrez que vapulea nuestras vidas a su antojo.
La novela tuvo críticas en la prensa regional y nacional (todas magníficas) y recién salido uno de aquellos textos laudatorios un supuesto “amigo” se me acercó y con cara de circunstancias (con la ceja levantada) y voz engolada me dijo: “no vayas a creer nada de lo que han dicho de ti y de tu novela en el artículo de hoy”. No sé en realidad por qué lo hizo, pero logró algo que me dolió e impactó: rompió mi dulce hechizo, trituró e hizo añicos mis sueños. Tardé en reponerme. No tenía en aquel entonces la piel de cocodrilo que hoy me protege de las asechanzas. Hoy todo me resbala. He llegado al colmo de la sinvergüenzura de reírme de mí mismo.
Un día un colega profesor y poeta de la Facultad de Humanidades y Educación de la ULA me invitó de incógnito a su clase: en mesa redonda iban a analizar mi novela. Me fui con unos lentes de sol y como en el libro no aparece mi fotografía, nadie me reconocería. Me senté en el último puesto del salón y me llevé un libro para fingir. Los muchachos hicieron un maravilloso ejercicio de exégesis literaria. Ni decirlo: fue una crítica maravillosa, densa, limpia, fuera de argucias y de poses, sin prejuicios de nada; exenta de amiguismos y de compadrazgos. Una vez agotado el tiempo de esa suerte de hermenéutica, el profesor develó mi identidad. Guau, amigos, fue la apoteosis total. Los muchachos estaban hilarantes, sorprendidos, rojos (avergonzados de lo que habían dicho), pero fue un ejercicio impecable, del que aprendí mucho acerca de la teoría literaria, del que salí fortalecido y dispuesto a seguir en mi tránsito por los empinados caminos de un oficio hermoso, pero que exige más de lo que muchos están dispuestos a dar.
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